Arte háptico y entrevista al artista César Delgado

Hace algunas semanas, publicamos en The Lighting Mind un artículo sobre arte háptico y lo definíamos como “el conjunto de sensaciones, no visuales, que experimenta un individuo para recibir información. Se trata de un sistema de procesamiento de la información por medio de la percepción táctil, utilizado a menudo por las personas ciegas para relacionarse con el mundo que les rodea, y especialmente necesario para entender el arte.”. Hablábamos del proceso de percepción de los receptores de la piel en el tacto activo y de cómo el artista César Delgado lo utiliza como su herramienta de trabajo a la hora de esculpir sus piezas. Esta visión háptica se estudia en el Centro Háptica de Investigación Propioceptiva, creado para el ensayo de creaciones plásticas a través de la percepción táctil.

César Delgado, “Martirio de Santa Águeda”, 1989. Imagen cedida por el artista.

 

César Delgado comenzó a perder visión a los trece años, quedando ciego total a la edad de 17 años. Se diplomó en Fisioterapia por la Universidad Complutense de Madrid. Antes de la pérdida total de visión ya era evidente su interés por el arte, completó su formación artística en el Círculo de Bellas Artes y en otros centros artísticos. Sus creaciones se han expuesto en ciudades como Francia, Argentina, Alemania y Portugal… En 1985 funda el Centro Háptica, donde sigue trabajando en la actualidad sobre un arte plenamente háptico.

Hemos hablado con él y esto es lo que nos ha contado.

¿Cuándo te diste cuenta de la necesidad de hablar de arte hápico? ¿estuvo unido a tu pulsión creadora?

C.D: A la edad de dos años aprendí a leer sin maestro/a. En un internado de monjas me dejaban en la cuna porque no tenía edad para la clase de párvulos. Me echaban en la cuna unas cartulinas o estampitas con dibujos asociados a las letras y así aprendí a leer. Me cambiaron de internado y ya en párvulos, enseñaba a leer a otros niños y en los recreos me quedaba dibujando en clase de forma que a los doce años, ya fuera del internado, vendía óleos y retratos al carbón en las casas de cuadros del barrio de Salamanca donde vivía.

A los trece años perdí la vista y me quedó un resto muy pequeño en un ojo que amplificaba con lupas y potentes focos; seguía pintando. A los diecisiete, en accidente deportivo perdí completamente el sentido de la vista y estuve siete años sin hacer nada respecto de la pintura. Pensé y pensé hasta que se me ocurrió comprar pliegos de papel metalizado y de aquellos llamados papel-charol. Hacía siluetas con bisturí y luego las pegaba en un plano, después barnizaba y nadie sabía que era un collage y lo confundían con una pintura. El relieve entre las siluetas era mínimo, de décimas de milímetro (el grosor de la lámina) pero suficiente para poder trabajar. Ya, inconscientemente, estaba jugando con las proporciones y percepciones hápticas, pero con una estética proporcionada por el tacto (visión háptica) y no por la visión retiniana (u óptica).

Ahora bien, mucho más adelante,me dí cuenta gracias a las orientaciones del filósofo ciego Enrique Pajón Mecloy y la profesora de estética de la Complutense, Ana María Leyra Soriano, que merecía la pena estudiar el fenómeno de la percepción háptica. Hice muchos estudios y al final elaboré unos rectángulos de proporciones diversas entre sus lados pero de idéntica superficie.De entre los rectángulos había uno que se ajustaba a la “Sección Áurea” y confeccioné un test que pasé a unos ochenta niños ciegos y otros tantos adultos. De ese modo concluí que la estética háptica, propia de la corteza parietal, era semejante a la estética óptica responsable del lóbulo occipital.

César Delgado, “Monumento a Luis Braille”, 2000. Imagen cedida por el artista.

Ya sabes que la visión háptica es analítica, mientras que la óptica es sincrética, pero aún así, las dos obedecen al “principio de Hamilton” o principio de mínima acción, es decir, las proporciones de los objetos, son tanto más atractivas al tacto (como al ojo) si se acercan a la proporción armónica “Fi”, sección áurea o “número de oro”.

¿Cuáles son tus referencias e influencias a la hora de crear?

C.D: Todas, las influencias son todas. El tema tiene que ver con la capacidad emocional y con aquello que te impacta por un sinfín de motivos. Reconozco que estoy extraordinariamente influido por las vivencias trágicas que experimenté en edades muy tempranas aunque las mezcle con fenómenos que suceden en la actualidad. Técnicamente elijo el constructivismo háptico para expresarlo tanto en pintura como en escultura. Pero el motivo a desarrollar, ya sabes que depende del estilo, es decir, a mí como a tantos, me ocurre el típico proceso creativo que explica Antón Herenwai: primero tengo una idea (concepción), después viene el conflicto de cómo expresar aquello a ciegas, hacerlo sustancial y corpóreo (proyección) y, finalmente, se establece un diálogo durante la elaboración, de modo que, mientras se esculpe o pinta, van modificándose las ideas primigenias y la obra va evolucionando más allá de tu conciencia, es un diálogo muy interesante, a veces gratificante y otras supercabreante (es la retroyección), la obra vuelve sobre ti mismo y se rebela con frecuencia y obliga a responderle constantemente.

¿Qué opinas de las carencias que hay aún en torno al tema del arte accesible?

C.D: Ese tema está muy mal estudiado todavía. Hasta ahora se ha hecho algo en sentido didáctico o pedagógico, pero tiene que ver más con la Historia del arte que con la Estética o las Bellas artes. Comprendo que es muy difícil que un ciego acceda a la estética porque se pretende que con el tacto se perciba algo similar a la idea óptica y eso es un gigantesco error. Hay que establecer una estética háptica y olvidarse de asimilar el ojo a la mano. Un ciego de nacimiento jamás comprenderá la luz, ni la perspectiva, además, no le interesa; le importa sólo lo que toca, como lo toca y qué siente respecto de la textura, la temperatura, la viscosidad, la dureza, la forma, etc. Pero no le hables de que la nieve es blanca y la luz clara porque “¿tu codo o tu rodilla saben algo de claridad u oscuridad?”.

Te apunto algo que me parece de vital importancia para la comprensión de cómo ven los ciegos: Los ciegos tienen visión invertida. Cuando tú entras en una habitación, por ejemplo, no puedes ver el vacío, el vacío no se ve, todo tu campo visual está repleto de color, ves en un plano bidimensional. Conoces que hay profundidad porque la sensibilidad cinestésica te lo enseñó desde que naciste. Pero si hubieras sido absolutamente paralítica, primero no sabrías con qué ves y luego creerías que todo es un plano como la pantalla cinematográfica. En ese cuarto del ejemplo, ves una mesa y a esa forma la denominas “mesa”. Cuando un ciego entra en ese mismo cuarto, no ve la mesa, primero ve sólo espacio (no objetos). Bien, cuando ese espacio se limita rígidamente (tropieza con la mesa) y verifica esa dureza, su longitud, sus ángulos, etc. Lo que está haciendo es recorrer el límite del espacio, el límite rígido del espacio y, a ese límite rígido, lo denomina “MESA”. No sé si me explico, el vidente ve la convexidad de la mesa, el ciego la concavidad.

César Delgado “Al día, a la noche”, 2004. Imagen cedida por el artista.

 

Hay muchísimo que hablar de todo esto y por ello grandes dificultades para adaptar las obras de arte y hacer un trabajo de accesibilidad. Primero hay que comprender la psicología del ciego que es especial y después trabajar respecto a esa psicología. Lo demás es “dar palos de ciego”.

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Acerca de Un Ojo Para el Arte

Nos interesa crear diálogo en torno a la accesibilidad en la cultura y el arte.
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